17 noviembre, 2009

DOCENCIA: Descubrimiento, valoración y aprecio.


Mi formación universitaria es en relación a la Psicología. Decidirme por ella no fue fácil, dado que mis intereses en aquella época eran diversos y de alguna forma con sentidos opuestos o mejor dicho contrastantes. De hecho, la única licenciatura con perfil de ciencias sociales que se encontraba en mi abanico de opciones era ésta, ya que el resto giraban alrededor de las ciencias exactas (Arquitectura, Matemáticas, Física o Ing. Industrial).
En mi caminar la docencia se veía distante; valoraba el ejercicio de los profesores pero jamás viéndome en su lugar.
Ya de lleno en mi formación en la licenciatura, con la posibilidad de elegir y practicar el área educativa, opté por el área de acentuación clínica. Era en aquel momento aparentemente claro mi futuro laboral; aunque en el trayecto tuve interesantes experiencias en la práctica educativa con niños de preescolar.
Creo que es sencillo intuir que en mis planes la docencia no figuraba, por lo menos de tiempo completo; aunque por otro lado el trabajo con adolescentes si me atraía, ya que sentía cierta facilidad en el trabajo con esta población.
Son varias las cosas que ocurren en el año dos mil que me llevaron a renunciar a mis tres trabajos en Hermosillo y regresar “un rato” a donde mis padres, Caborca. Estando en este período según yo de reencuentro conmigo mismo (la realidad es que era pura fiesta) me comentan que necesitan un psicólogo en un Plantel del COBACH en Pitiquito, que se ubica a poco menos de diez kilómetros. Ignoré el mensaje. “Yo de orientador educativo jamás”.
Mis papás influyeron a que me levantara una mañana y así acudí a mi primera entrevista, días después a la segunda y hasta la fecha cada vez que las recuerdo no encuentro un discurso interesante para que se fijaran en mi y me otorgaran el trabajo. ¿qué vieron?, en cuánto pueda les voy a preguntar…
Azar o destino… lo que sea en ninguno de los dos me gusta creer… tiempo después aparecieron otras oportunidades laborales y sin querer empecé a entender lo que implicaba tratar de impartir una asignatura.
El que me digan profesor hoy después de ocho años me gusta. Soy de los que cree en esta labor sin intentar ponerla en un pedestal, para mi tiene tanta importancia nuestro trabajo como muchos otros en nuestra sociedad. Somos parte de un engranaje que colabora en el crecimiento social, científico y tecnológico de las comunidades.
Considero que la sobrevaloración de un oficio es peligrosa. Creo en la sencillez del ejercicio docente, no en estas figuras ilustradoras que caen en la pedantería que Savater señala en su “valor de educar”.
Debo aclarar que cuando utilizo la palabra o valor de la sencillez, es en el sentido más puro de ésta: la docencia al servicio del crecimiento del otro.
Siendo así, desde el primer día que entré a la escuela y me presenté con los estudiantes, acepté esta responsabilidad. Me llena pensar que lo que yo realizo produce reflexiones, que estas a su vez pueden generar aprendizajes, posteriormente cambios, y que estos cambios puedan encaminarse al incremento de la calidad de vida a quienes yo dirijo mi trabajo.
Considero hoy en día, que si la oportunidad de trabajo se hubiera presentado dentro de la docencia pero en otro nivel (primaria o secundaria), probablemente no me hubiera adaptado tan rápido o sencillamente a la primera oportunidad hubiera buscado un cambio; y es que como ya lo mencioné anteriormente, la adolescencia es una etapa que en lo personal me atrae, ello sin mencionar (que ya habrá tiempo y espacios para ello) lo determinante que es esta transición para una vida adulta sana.
El y la adolescente son un espejo. Siempre están listos para recitarte tus fallas, no cualquier padre de familia puede tolerar ésto, ahora imagínense alguien sin nexo sanguíneo como un profesor o una profesora. Esto representa un primer reto, y si este es superado los aprendizajes sobre nosotros mismos empiezan a brotar.
En el aspecto académico, me satisface saber que el trabajo individual y/o grupal se ayudó a que un joven tomara decisiones sobre su estado académico actual, o bien definiera su futuro profesional. Mientras tanto cuando se abordan los aspectos personales nada más gratificante que alguna alumna te confíe su situación emocional o familiar con el objetivo de sentirse escuchada, de encontrar un sentido a su vida o sencillamente ayudarle a sobrellevar una situación adversa.
Con todo ello, para finalizar esta participación, entre más tiempo pasa más me doy cuenta de lo olvidado que como subsistema educativo estamos (quisiera decir que estábamos pero esfuerzos como éste apenas empiezan).
Entiendo a los que centran la crítica de baja calidad educativa de nuestro país en la poca o nula vocación y preparación de nosotros como docentes, pero en lo personal me molesta esta actitud que impera en nuestra ideología ya señalada por O. Paz en el laberinto de la soledad: "El mexicano, no se afirma como mestizo sino como abstracción: es un hombre. Quiere ser hijo de la Nada. Es en sí mismo que comienza” ; así pues quien llega tumba lo que ya existe sobreponiendo lo que considera novedoso, y desde mi muy humilde punto de vista esto lejos de construir genera desgano y apatía que de por si ya cuestionamos mucho en las nuevas generaciones pero que como profesores también abundan.
¿Será acaso que la RIEMS y el modelo educativo que propone romperá con este esquema?
ABRAZOS
Fernando Robles Cordero

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